Hace algunos años ya, un martes en la mañana, nos llegó la noticia de que un vecino, Luis Emilio Sierra, estaba enfermo, entonces decidimos ir a visitarlo, mi mamá, mi hermana Julia y yo. Salimos pasadas las dos de la tarde cogiendo loma arriba, sin saber lo que nos deparaba la noche.
Llegamos a la casa del enfermo. Con doña Teresita Posada y sus hijas, muy formales ellas, se armó la tertulia; por más de dos horas tocamos temas triviales, de esos que todo el mundo habla: que la cocina, que la casa, que el marido, que los hijos, tuvimos tiempo hasta de preguntar por la salud del enfermo.
Más o menos las 5 de la tarde nos sirvieron el algo, como era la costumbre, y media hora más tarde nos despedimos; doña Teresita mandó a las hijas a que nos acompañaran hasta la quebrada, que era casi la mitad del camino. Cuando llegamos allí ya empezaba a oscurecer, pero eso no fue problema para seguir hablando, mi mamá, muy responsable como siempre, se despidió porque tenía que ir a servir comida, nosotras, por nuestro lado, nos sentamos en unas piedras y nos quedamos conversando con las hijas de doña Teresita. Entre chisme y chisme tocamos el tema de una familia de la cual se decía que hacía brujería, no fue sino nombrar ese apellido para que comenzaran a ocurrir cosas de las que aún me dan escalofríos recordar.
Escuchamos el llanto de un niño, eso nos asustó mucho porque cerca de ese lugar no habían casas -¡hay que miedo!- gritamos todas -¿qué fue eso?-, y salimos corriendo, las Sierra para un lado y nosotras, las Mesa, para el otro.
De las Sierras se supo que un alambrado que salía de no sé donde no las dejaba pasar, ya que cada que encontraban el portillo se les desaparecía y si lo trataban de trepar, no podían llegar al final. No se sabe cómo, las muchachas lograron llegar a su casa después de las 9 de la noche, contaron Dora y Alba Lucía, las hijas de doña Teresita, días después.
Con mucho miedo nosotras nos fuimos corriendo hasta que llegamos a la casa de Ligia, otra de mis hermanas y le preguntamos por el llanto tan extraño que habíamos escuchado, esperanzadas en que nos dijera que era uno de sus hijos, pero Ligia nos dijo que todos sus niños estaban dormidos desde muy temprano; ahí sí que nos dio más miedo, le pedimos, casi llorando, que nos acompañara hasta la casa, y aunque ella no lo pudo hacer, porque que no podía dejar solos a los niños, nos mandó con “ñañe” uno de sus cuñados.
Cogimos valor de no sé dónde y nos fuimos camino abajo, pero ¿qué creen que pasó?, más adelantico se veía una laguna, lo que era imposible ya que todo ese terreno eran mangas, -qué hacemos?, ¿ para dónde cogemos?- pensamos en devolvernos, pero cuando íbamos a regresar escuchamos bramar un animal, ese sonido nunca lo habíamos escuchado, y eso que nos habíamos criado en el campo, así que con ese susto tan macho nos quedamos atrapados entre la casa de Ligia y la laguna.
Al rato vimos una luz que salía del camino que llevaba a mi casa, gracias a Dios resultó ser la linterna de uno de mis primos que nos había ido a buscar, nosotras, entre felices y desesperada,s le gritábamos que nos ayudara a pasar, que las brujas esas no nos dejaban, entonces mi primo empezó a mover la linterna y santo remedio, en ese instante sentimos cómo la cosa esa se iba bramando fuertemente y la laguna desapareció.
Al fin pudimos llegar a la casa y mi mamá muy preocupada nos preguntó –¿muchachitas qué les pasó? ¿Por qué llegaron tan tarde?, ¿Dónde se quedaron? –, nosotras temblando del frío y del susto le comenzamos a contar lo sucedido, pero la cosa no había terminado, en medio del relato escuchamos caer una carga de cogollo en el patio de adelante, entonces nos entramos para la casa corriendo, mientras rezábamos un rosario nos asomábamos por las hendijas de las puertas pero no logramos ver nada, terminamos de rezar y como pudimos nos fuimos a dormir.
Con esto supimos que fuera o no verdad, nunca volveríamos a acusar a nadie de ser bruja.
AURA MESA (una de las asustadas)
Girardota
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